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Durante mucho tiempo se creyó que el aprendizaje ocurría solo en la mente, como si el cuerpo fuera un simple acompañante del pensamiento. Sin embargo, hoy la evidencia neuropsicológica y las ciencias del aprendizaje muestran que el movimiento no solo activa músculos: enciende el cerebro. El cuerpo es la primera vía de entrada al conocimiento, y su papel en la maduración de las funciones cognitivas, emocionales y atencionales es mucho más profundo de lo que imaginamos.


El cuerpo como punto de partida del aprendizaje

Desde la psicología del desarrollo, Piaget fue uno de los primeros en plantear que la inteligencia nace de la acción. Antes de poder pensar, el niño necesita moverse, explorar, tocar y experimentar. Esa base sensoriomotriz organiza su percepción, estructura el espacio, le permite anticipar consecuencias y, más adelante, sostener aprendizajes simbólicos más complejos.

En la actualidad, las neurociencias confirman que cada movimiento activa una red que involucra la corteza motora, el cerebelo, los ganglios basales, el sistema vestibular y las áreas frontales. Estas estructuras trabajan de forma integrada para sostener el equilibrio, la atención, la coordinación óculo-manual y la planificación motriz.

Autores como Portellano Pérez señalan que el sistema motor y las funciones ejecutivas comparten redes cerebrales, especialmente en la corteza prefrontal y el cerebelo. Por eso, un niño que aún no logra controlar su cuerpo probablemente tendrá dificultades para autorregular su conducta, mantener la atención o planificar una tarea cognitiva. 

Las investigaciones recientes en neurobiología y neuropsicología confirman que el movimiento tiene un papel decisivo en el desarrollo cerebral y el aprendizaje. Según Pedersen y Febbraio (2012), el músculo esquelético actúa como un órgano endocrino, capaz de liberar mioquinas, proteínas que viajan por el torrente sanguíneo y modulan la actividad cerebral. Estas sustancias favorecen la plasticidad sináptica, la neurogénesis y la regulación emocional, fortaleciendo la base biológica del aprendizaje.

El neurocientífico Stanislas Dehaene (2018) sostiene que el aprendizaje surge de la interacción entre cuerpo y mente: “La acción da sentido a la percepción y consolida los aprendizajes.” Esto implica que el movimiento corporal no solo acompaña al pensamiento, sino que lo estructura.

Desde la neuropsicología infantil, Portellano Pérez (2015) describe el sistema postural tónico como la base sobre la cual se apoyan las funciones superiores de la atención y el control ejecutivo. Cuando el niño presenta una base postural débil, debe invertir recursos para mantenerse erguido, lo que reduce su disponibilidad cognitiva.

Por su parte, Fejerman y Grañana (2019) señalan que las dificultades en la organización motriz y tónica pueden manifestarse en desafíos atencionales y de aprendizaje, especialmente en la lectura, la escritura y la autorregulación.

En conjunto, estos aportes demuestran que el movimiento, especialmente el postural y coordinativo, es una herramienta neurobiológica de aprendizaje. Activar el cuerpo mejora la atención, la memoria, la regulación emocional y la disposición al pensamiento complejo. Por eso, integrar actividades que impliquen gatear, rodar, trepar, colgarse, girar o caminar sobre líneas no es un juego accesorio: es una estrategia de estimulación. Cada movimiento activa la comunicación entre hemisferios cerebrales, mejora la conexión tálamo-cortical y potencia la disponibilidad para el aprendizaje.

 

Guillermina Ferrá
Lic. en Psicopedagogía
MP 159413